El factor humano

Asistimos a una revalorización de lo “hecho a mano”. El trabajo experto da forma a la materia prima como ningún proceso industrial puede hacerlo. La artesanía dota de alma a los objetos, lo que nos seduce porque necesitamos rodearnos de cosas únicas, hechas con amor y oficio, que nos devuelva a un mundo más sosegado.

El mundo parece evolucionar linealmente, pero en ocasiones, los seres humanos necesitamos volver unos pasos atrás para seguir avanzando. Aunque frecuentemente hay que mirar hacia delante, a veces no nos queda más remedio que rescatar cosas importantes     que hemos ido   despreciando y abandonando en el nombre del supuesto desarrollo, porque las echamos de menos. La artesanía es una de ellas. La revolución industrial devaluó el trabajo artesanal en favor de los procesos industriales, que, gracias a las máquinas y las nuevas técnicas, abarataban costes y democratizaban el consumo. Aunque ahora parezca extraño. Hubo un tiempo que la obsesión por la novedad y el consumo rápido y fácil hicieron que un objeto fabricado en serie fuera más valorado que una pieza de artesanía. Mientras que lo artesanal representaba el pasado, lo industrial materializaba el futuro.

En la artesanía se valora la exclusividad, la belleza y el sello del trabajo bien hecho.

Como todo es cíclico, todo vuelve a revalorizarse, pues nos sigue inspirando el valor de lo exclusivo, del trabajo bello y bien hecho. La noción de artesanía nos devuelve a un mundo en el que el factor humano se valora por encima de la tecnología. Esto no quiere decir que se renuncie a ella, todo lo contrario, se recurre a la tecnología para mejorar los resultados si es necesario, ya sea a través del diseño previo por ordenador o por hacer más eficiente la técnica.

La singularidad, la creatividad y la habilidad manual son el rasgo distintivo de un trabajo artesano, pero ello no implica renunciar a los avances técnicos.

El trabajo artesano también implica innovación.

Lo que busca un artesano es la perfección: trabajar un material y transformarlo con la habilidad de sus manos en algo bello, como un diamante o un jarrón de cristal soplado, o en algo que funcione de forma impecable, ya sea un cepillo o una silla. Y en cada pieza que pasa por sus manos experimenta y descubre un pequeño detalle que puede contribuir a hacerla más perfecta.

El afán de excelencia es inherente a la artesanía y es su gran valor. Por otro lado, mientras algunos de los escasos artesanos trabajan en su propio taller y se encargan de todo el proceso de creación y realización, otros colaboran con empresas que han hecho de la artesanía su signo distintivo, ya sea en la moda, gastronomía, mobiliario, decoración o incluso automoción.

El trabajo artesanal está vinculado a múltiples sectores.

Empresas del sector del lujo basan su prestigio en su conocimiento y aplicación de métodos artesanos.

La relación entre el diseño y la artesanía es un fenómeno de nuestro tiempo.

Cada vez son más los jóvenes diseñadores que desean colaborar con manos expertas que puedan   enseñarles mucho de los procesos de realización y acabado de una pieza.

Artesanos y diseñadores pueden retroalimentarse en sus respectivos oficios. Y también, cada vez es más frecuente que un diseñador o firma de diseño produzca allí donde está la materia prima, las herramientas y las manos expertas.

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